dimarts, 9 de febrer del 2016

Singapur: El paradójico caso del país-empresa 



Normalmente, cuando un equipo de investigadores se encuentra con un caso que les plantea preguntas incómodas, suelen pasar por él de puntillas, sin mojarse mucho. En Ciencia Política el ejemplo paradigmático es el de Singapur, un país que ha decidido sacrificar el concepto de democracia -o al menos el comúnmente asociado con democracia- en pro de un mayor crecimiento económico y de una estabilidad que convierten a este pequeño país en la envidia de Asia. Por ello, a pesar de que no pueda clasificarse como Estado Democrático, Singapur tampoco termina de cuajar en el bloque de los Estados no Democráticos.
En Ciencia Política existen tres índices para juzgar si un país es o no democrático: el Polity IV, el Freedom House, y el D-D. El Polity IV puntúa les democracias de -10 a +10, el Freedom House las clasifica del 1 al 7, y el D-D simplemente como democracia, no democracia, o caso sin clasificar. ¿Qué nos dice cada índice? Por un lado, el Polity IV le da una puntuación de -2, lo cual equivale a “democracia parcial”, el Freedom House va alternado clasificaciones de 4 y de 5, lo cual equivale a país “parcialmente libre”, y el D-D lo tiene como “caso sin clasificar”.

¿A qué se debe esta indefinición? Por un lado podríamos defender el sistema político de Singapur basándonos en la legitimización por resultados. No olvidemos que estamos hablando de un país con un PIB per cápita de 42.344€ (2014) y con un Índice de Desarrollo Humano (IDH) del 0.91, además de ser uno de los países menos corruptos del mundo y uno de los que cuentan con un mejor sistema educativo. A pesar de que solo ha gobernado un partido, el Partido de Acción Popular, lo hace porque ha ganado holgadamente todas las elecciones a las que se ha presentado, cosechando mayorías absolutas tanto de escaños como de votos.
Por otro lado, la ausencia de libertades que en nuestra sociedad se dan por obvias, no puede ignorarse. Un país que no tiene libertad de prensa, en el que la oposición es silenciada y en el que ni siquiera se permite convocar manifestaciones, no es un país que pueda denominarse democrático. En Singapur, el Estado trata a la población como si fueran alumnos de primaria, suprimiendo toda su individualidad y criándolos desde la cuna para que sirvan como títeres del sistema. Medidas como la prohibición de la goma de mascar o las enormes multas por arrojar colillas a la vía pública son un claro ejemplo de este autoritarismo estatal que mantiene a todo el país sometido a una disciplina férrea.
Indudablemente estamos ante un caso peculiar, puesto que desarrollo económico y sistema político suelen ir cogidos de la mano. ¿Qué ha ocurrido para que este pequeño país rompa la norma? Para responder esta pregunta es necesaria una mirada histórica de lo que fue Singapur cuando se independizó de Malasia en 1965; un país pequeño, sin recursos naturales ni ningún interés estratégico. Su única opción era vivir del comercio y transformar todo el país en una gran empresa que se rigiera como tal. El enorme atractivo de Singapur convirtió esta pequeña nación de pescadores en un inmenso centro comercial, un paraíso para las grandes empresas y un lugar de interés para turistas adinerados.
No se puede negar que este sistema ha funcionado, probablemente mejor que cualquier otro que se hubiera podido implantar. No hace falta recordar el caso de Libia o de Egipto para recordar que tristemente no todas las sociedades están preparadas para la democracia occidental. En resumen: Singapur es un punto medio; no es una democracia, sino un régimen autoritario “amable” que ha dado tan buenos resultados que la mayor parte de la ciudadanía lo acepta de buen grado. No obstante, para que realmente pudiésemos clasificar al país como una dictadura, debería haber un fuerte movimiento contra el gobierno que fuera duramente reprimido por este, movimiento que no existe (el partido de Acción Popular sigue ganando tranquilamente las elecciones y las calles están tranquilas).
Así pues, la prueba del algodón para Singapur vendrá cuando la siguiente generación de jóvenes bien formados y que hayan crecido sin preocupaciones económicas, se pregunten por qué ellos no pueden gozar de los mismos derechos y libertades que los jóvenes de otros países. Si estos jóvenes ciudadanos críticos son capaces de organizarse, fundar un partido político, ganar unas elecciones y cambiar el sistema, Singapur pasará a ser una democracia y todo el periodo anterior podrá ser considerado como una larga Transición, como un régimen provisional necesario para sentar las bases de la futura democracia. Si por la contra, los dirigentes políticos se niegan a abandonar el poder y utilizan la fuerza para reprimir a la población disidente, muy probablemente el país podrá ser considerado como una dictadura con todas las de la ley.

1 comentari:

  1. Buena reflexión, Ernesto. Se valora positivamente que haya un argumento, aunque el post se aparta un poco del objetivo del ejercicio. Es verdad que no había mucho margen para la discusión dada la poca variación intra y inter clasificaciones, pero quizá se podía haber profundizado un poco en la puntuación que Singapur recibe en los diferentes componentes de los índices para dar cuenta de su clasificación como régimen "híbrido" y dar más información sobre la especificidad de su condición de híbrido

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